Llega noviembre a Burgos, los días se acortan drásticamente y el frío seco de la meseta empieza a asentarse en nuestras calles. En el calendario popular de nuestra provincia, noviembre no es solo el mes en el que sacamos los abrigos gordos; históricamente ha sido el mes del fuego, la ceniza, el humo y la cecina.
Existe un refrán castellano de toda la vida que dice: «A cada cerdo le llega su San Martín» (celebrado el 11 de noviembre). Pero lo que pocos recuerdan hoy en día es la razón puramente meteorológica y gastronómica por la que noviembre era —y sigue siendo— el momento mágico del año para el curado artesanal de la carne.
En la tradición popular, la fecha de San Martín marcaba el inicio oficial del curado de carnes porque en noviembre coinciden dos factores climáticos indispensables: la bajada brusca de las temperaturas nocturnas y una humedad ambiental moderada.
Para elaborar cecina de vacuno o de chivo, o para curar las mejores piezas de la matanza, los antiguos artesanos necesitaban que la sal penetrara hasta el hueso antes de que la carne pudiera estropearse. Si se hacía con calor (en septiembre u octubre), la carne se pasaba; si se hacía con demasiado hielo de enero, la sal «no entraba» porque el frío extremo cerraba el poro del músculo. Noviembre ofrecía esa ventana perfecta de frío suave para iniciar la deshidratación lenta.
¿Por qué en el norte tenemos tanta tradición de embutidos y carnes ahumadas mientras que en el sur se curan casi exclusivamente al sol? La respuesta está en la niebla y la humedad de nuestros valles en noviembre.
Cuando el aire del otoño se volvía demasiado húmedo y amenazaba con amargar la carne fresca colgada en las bodegas, nuestras abuelas encendían la cocina de humo. No se buscaba cocinar la pieza, sino un «ahumado en frío»:
Con la llegada de noviembre, la cocina burgalesa cambiaba de ritmo. Las prisas del verano daban paso a las ollas de barro que humeaban durante tres o cuatro horas sobre la lumbre.
Nuestros antepasados sabían instintivamente algo que la ciencia de alimentos ha demostrado siglos después: en los meses fríos, el cuerpo pide platos ricos en colágeno y gelatinas naturales. Cortes como el morcillo, las manitas, la careta o la aguja, cocinados a fuego muy lento, no solo reconfortaban el cuerpo, sino que aportaban una densidad térmica y nutritiva imprescindible para combatir las heladas de la meseta.
Aunque hoy no necesitamos encender la cocina de leña ni vigilar las corrientes de aire en el desván para disfrutar de una cecina perfecta o un buen guiso de otoño, los principios que rigen la buena carne no han cambiado un ápice.
El respeto por los tiempos de maduración, el conocimiento de cómo afecta el clima a la infiltración de la grasa y la maestría en el sazonado son conocimientos que han pasado de generación en generación.
Asociación de Comerciantes Minoristas de la Carne GRECABUR
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